Si lo que quieres saber es si existe un Mac “barato” que no se sienta recortado por todas partes, el MacBook Neo responde con una mezcla curiosa: concesiones claras en memoria y almacenamiento, pero una experiencia de uso que, tras varios días probándolo, se mantiene mucho más cerca de un MacBook Air moderno que de esos portátiles económicos que parecen diseñados para salir del paso. El precio base en Europa arranca en 699€, y esa cifra por sí sola ya cambia la conversación, sobre todo para quien viene de Windows y está acostumbrado a que la gama de entrada implique pantallas mediocres, trackpads con vida propia y teclados que “sirven”.
Apple lo ha planteado como un Mac para tareas cotidianas, para estudiantes y para quien busca un segundo equipo sin gastar lo que cuesta un Air bien configurado. ¿La clave? Mantener lo esencial de la experiencia Mac —pantalla, trackpad, teclado, cámara y sensación de producto cuidado— aunque por dentro tenga un enfoque mucho más pragmático. Y sí, el nombre “Neo” suena un poco a etiqueta de portátil de catálogo, pero aquí funciona como señal de que estamos ante un Mac distinto: el primero que Apple coloca tan abajo en precio y, además, con un chip de la familia A.
Diseño, pantalla y lo que se siente “premium”
Lo primero que destaca al sacarlo de la mochila es que no transmite en absoluto esa vibra de “portátil de batalla” típica de los 600 euros. El chasis es de aluminio y visualmente recuerda al diseño actual del MacBook Air, con un tamaño algo más compacto pero un peso equivalente de 2,7 libras. En mano se nota sólido, y esa solidez no es un detalle menor si piensas en el tipo de público al que apunta: hogares y aulas donde un ordenador puede acabar pasando por más manos de las que recomienda cualquier manual de buenas prácticas.
Apple también ha apostado por el color como gancho, con opciones más atrevidas como un tono verdoso tipo citrus y un rosa blush, además de los clásicos claros y oscuros. Es el tipo de detalle que no mejora los FPS ni acelera una exportación, pero sí hace que el equipo parezca menos “corporativo” y más personal, justo lo que muchos usuarios buscan cuando el portátil es parte del día a día.
En pantalla, el Neo juega una carta fuerte para su precio. Monta un panel LCD de 13 pulgadas con una resolución ligeramente inferior a la del Air, pero al ser más pequeño mantiene una densidad de píxeles que se percibe muy similar. En interior se ve vivo y con buen contraste, y lo que más me llamó la atención fue la brillantez: es lo bastante luminosa como para trabajar a pleno sol, un escenario donde muchos portátiles económicos se rinden y te obligan a subir el brillo hasta que la batería llora. Aquí no hace falta ese ritual.
El audio también está por encima de lo habitual en su rango. Los altavoces laterales ofrecen un sonido más lleno que el típico “lata” de muchos portátiles de descuento; son adecuados para vídeo y streaming, aunque no llegan al nivel de claridad y pegada en graves de los MacBook Air o MacBook Pro con altavoces orientados hacia arriba.

Rendimiento real: el chip A18 Pro y sus límites
La gran rareza del MacBook Neo está bajo el capó: usa un A18 Pro, el chip que impulsaba el iPhone 16 Pro del año anterior, en lugar de un chip M. Esta decisión explica por qué Apple puede apretar el precio, pero también marca el perímetro del producto. El Neo se vende con 8 GB de RAM y 256 GB de SSD en la configuración base, y aunque existe una opción que añade 512 GB de almacenamiento por 100€ más e incluye Touch ID, no hay forma de ampliar la RAM. Si eres de los que vive con decenas de pestañas, apps pesadas y archivos grandes, este detalle no es anecdótico, porque en los Mac la memoria unificada va integrada en el chip y define la vida útil “cómoda” del equipo.
Aun así, en uso diario me sorprendió para bien. Lo estresé con docenas de pestañas repartidas en varios navegadores, un vídeo reproduciéndose en la app de TV, edición de fotos en Pixelmator Pro y un juego de Apple Arcade como Oceanhorn 3, y el sistema se mantuvo fluido sin esos tirones que delatan falta de recursos. Se nota que macOS gestiona la memoria con bastante cabeza: en mis pruebas, el uso de RAM se movía a menudo entre el 80% y el 85% cuando buscaba apretarlo, pero rara vez pasaba de ahí, y el propio sistema consumía cerca del 50% incluso sin apps abiertas. Es una cifra que pone en perspectiva por qué este Mac está pensado para tareas concretas y no para “todo a la vez”.
En benchmarks, el Neo se queda por debajo de los MacBook Air recientes en cargas multihilo, pero en rendimiento por núcleo se coloca en una zona sorprendentemente competitiva, incluso frente a hardware moderno de Intel y AMD. Es el tipo de resultado que explica por qué, para ofimática, navegación, consumo multimedia y algo de edición ligera, la sensación puede ser la de un portátil más caro, aunque en tareas pesadas con procesadores grandes y refrigeración activa haya diferencias inevitables.
Donde sí encontré el muro fue en juegos complejos pensados para chips M. Probé a instalar Lies of P y, aunque la instalación completó, el juego se detuvo al cargar shaders. Traducido: el Neo es para títulos diseñados para Apple Arcade y chips móviles, o para tirar de streaming en la nube, ya sea con servicios tipo GeForce Now o Xbox. Quien pretenda convertirlo en una máquina de gaming nativa va a acabar mirando al Air o al Pro… o a una torre con LEDs, que también tiene su encanto para los que viven en modo “build”.
La batería, en una prueba de reproducción de vídeo 4K en bucle, me dio 12 horas y 15 minutos. Está lejos de las cifras más altas que se ven en un MacBook Air con hardware más moderno, pero sigue siendo suficiente para cubrir una jornada típica de clase o trabajo sin vivir pegado al cargador.

Teclado, trackpad, cámara y puertos: las decisiones difíciles
En periféricos integrados, el Neo se comporta como un Mac “de verdad”, que es justo lo que más distancia marca frente a muchos portátiles económicos. El teclado, pese a que en una primera toma de contacto me pareció algo más endeble, en el uso real resultó preciso y consistente; pude escribir a mi ritmo habitual sin fallos de pulsación ni comportamientos raros. Y el trackpad, aun siendo mecánico (Apple no usa aquí el Force Touch háptico), está sorprendentemente bien afinado: responde con precisión a gestos y desplazamientos, el clic no se siente esponjoso y, detalle importante, es clicable en toda la superficie, algo que muchos competidores con trackpads mecánicos no clavan.
La webcam es otro punto donde Apple ha decidido no recortar. El Neo integra una cámara 1080p con un procesado de imagen que se nota nítido y vivo; en videollamadas, esa calidad tiende a “delatar” el nivel del portátil, y aquí da la impresión de estar usando un modelo superior.
Las concesiones más visibles llegan en conectividad y configuración. Solo hay dos puertos USB‑C, uno con USB 3.0 y otro con USB 2.0, y no existe MagSafe, algo que se echa de menos precisamente por el contexto de uso que Apple busca: mesas escolares, cables tensos y tropiezos inesperados. También es un equipo con techo claro en almacenamiento (hasta 512 GB) y con la RAM fijada en 8 GB, una combinación que define de forma bastante estricta a quién le encaja.
Con todo, el resultado final es peculiarmente convincente: por 699€ ofrece una experiencia de pantalla, teclado, trackpad y construcción que en este rango suele ser territorio de compromisos constantes. ¿Es el Mac para entusiastas que compilan, renderizan y viven con máquinas virtuales? No. Pero como puerta de entrada a macOS o como portátil fiable para el día a día, el MacBook Neo tiene ese punto casi peligroso: hace que muchos se pregunten cuánto tiempo han estado normalizando portátiles mediocres solo porque eran “lo que tocaba” a ese precio.

