La pregunta no es solo cuándo dar el primer móvil, sino por qué y para qué. Entre la presión del grupo, las actividades extraescolares y la tranquilidad de poder localizarles, es normal que muchas familias acaben valorando un smartphone antes de lo que imaginaban. Aun así, los datos apuntan a que cada vez más menores tienen móvil a edades tempranas y, con ello, aumenta la necesidad de decidir con criterio técnico y educativo, no por inercia.
En la práctica, una parte importante de padres sitúa la edad “razonable” entre los 12 y los 14 años, y muchos adolescentes también perciben los 12-13 como el momento más adecuado, sobre todo por necesidad de comunicación y logística. Sin embargo, la edad por sí sola no resuelve nada: lo que marca la diferencia es la madurez, el contexto familiar y el tipo de dispositivo que se entrega. ¿Tiene sentido dar un smartphone completo si el objetivo real es que pueda llamar al salir de entrenar?
Además, algunas investigaciones relacionan el acceso al smartphone antes de los 13 años con peores resultados en salud mental, con un impacto especialmente señalado en chicas, lo que refuerza una idea que se repite entre especialistas: mejor no convertir el móvil en un “premio” automático por cumplir años, sino en una herramienta que se gana al demostrar preparación.
Edad recomendada y señales de que está preparado
Si buscas una referencia rápida, muchas familias acaban aterrizando en la franja 12-14, pero conviene usarla como punto de partida, no como regla. Hay niños de 11 con rutinas exigentes fuera de casa que necesitan un canal de contacto con sus padres, igual que hay adolescentes de 14 a los que un smartphone les queda grande por hábitos y autocontrol. Por eso, la clave es observar señales concretas de responsabilidad.
Una guía útil es fijarse en si cuida objetos de valor y si suele perder cosas con frecuencia, porque un móvil es caro y frágil, y un despiste repetido no solo implica coste, también precipita conflictos familiares. También importa si respeta normas tecnológicas previas, por ejemplo, límites con la tele, el ordenador o la tablet, y si es capaz de cumplir rutinas como los deberes sin que la pantalla lo absorba todo.

Hay señales menos obvias, pero igual de decisivas. Un menor que sabe pedir perdón cuando hiere a alguien y que recurre a sus padres cuando tiene un problema suele estar mejor preparado para el mundo digital, donde los malentendidos escalan rápido y donde una captura de pantalla puede convertir un error en algo persistente. Y es que, aunque suene a mantra de Internet, el rastro online no desaparece: una foto o un comentario inapropiado puede tener consecuencias sociales en el colegio y, con el tiempo, llegar a oídos de administradores, docentes o incluso futuros procesos académicos o laborales.
Si en casa ya hay señales de que las pantallas generan irritabilidad cuando se imponen límites, o si cuesta “soltar” el dispositivo cuando toca, quizá sea prudente retrasar el smartphone y optar por alternativas más simples. Porque cuando un niño tiene un móvil, no solo accede a la Red: la Red también accede a él, y eso exige que sepa reconocer situaciones raras, pedir ayuda y admitir errores, especialmente si hay interacciones con desconocidos o episodios de ciberacoso.
Qué dispositivo elegir: smartphone, móvil básico o reloj
La elección del dispositivo debería responder al uso real. Si lo que necesitas es comunicación y ubicación, un móvil básico con llamadas, mensajes y GPS puede cubrirlo sin abrir la puerta a redes sociales, tiendas de apps y un ecosistema de notificaciones diseñado para enganchar (sí, incluso más que ese feed infinito que todos conocemos). Eso sí, conviene no idealizar los “teléfonos tontos”: algunos modelos incluyen acceso a Internet y, además, suelen ofrecer menos posibilidades de supervisar con quién habla el menor.
Otra alternativa es un reloj inteligente con llamadas y mensajes, especialmente útil en niños pequeños, porque al ir en la muñeca reduce el riesgo de pérdidas y limita el uso a lo esencial. En este enfoque, el valor no está en tener “menos tecnología”, sino en tener la tecnología justa para la etapa, evitando saltos innecesarios a un smartphone completo.
Si optas por un smartphone, hay dos caminos: instalar controles parentales mediante ajustes del sistema y apps de gestión, o elegir un móvil pensado desde el inicio para un uso infantil con supervisión. En el primer caso, se pueden establecer contraseñas específicas, limitar tiempos de uso y restringir descargas, y también apoyarse en soluciones de terceros que permitan gestionar apps, monitorizar ciertas actividades y ver la ubicación. En el segundo caso entran propuestas como Bark Phone, un teléfono Android con controles personalizables y funciones de supervisión que analizan mensajes y correos en busca de señales de ciberacoso, contenidos inapropiados o indicios de depresión, además de permitir desactivar navegador, Internet o aplicaciones hasta que la familia considere que es el momento.
Este tipo de dispositivos suelen incorporar filtrado de contenidos, controles remotos desde una app para padres y opciones como la aprobación de contactos, algo especialmente interesante cuando el foco está en evitar que el menor escriba a desconocidos. Bark, en concreto, destaca también por su enfoque de “desbloquear” capacidades por etapas sin cambiar de teléfono, y por integrar rastreo GPS y alertas de ubicación.
Cómo hacer una transición segura: normas, límites y hábitos
El mayor error al entregar un móvil es tratarlo como un objeto y no como un acuerdo. Antes de que lo tenga en la mano, conviene dejar claro que los padres pueden revisar el uso, conocer la contraseña y retirar el dispositivo si no se cumplen las normas. En preadolescentes y adolescentes esto suele levantar protestas, pero es parte del contrato: el móvil llega con responsabilidades, no como una isla privada dentro del hogar.

Para evitar conflictos constantes, ayuda concretar reglas operativas: cuánto dinero puede gastar en apps o juegos, qué ocurre si instala una aplicación concreta y si habrá supervisión de redes sociales. Una medida razonable, cuando se permite el uso social, es que los padres también tengan cuenta para ver el perfil público, manteniendo prudencia con los mensajes privados salvo que exista una preocupación real, porque el equilibrio entre supervisión y privacidad también educa.
Otro punto crítico es el tiempo de pantalla. No existe una cifra universal, pero sí condiciones mínimas: dormir lo que toca según la edad y mantener actividad física diaria. A partir de ahí, funcionan bien los “momentos sin móvil”, como durante las comidas o en la hora previa a dormir, porque atacan el problema donde más duele: la rutina. Y si hay que aplicar límites por app, mejor hacerlo con herramientas de control parental en lugar de negociar cada día como si fuera un debate en un foro de tecnología.
Habrá incidentes, porque siempre los hay. Por eso es buena idea pactar consecuencias desde el principio si se pierde o se rompe: participación en el coste de la reparación, un tiempo de espera antes de reemplazarlo o incluso un cambio temporal a un dispositivo más básico. La idea no es castigar por castigar, sino evitar que el reemplazo inmediato convierta el descuido en costumbre.
Por último, la parte más incómoda para los adultos: el ejemplo. Si el móvil está presente en la mesa o antes de dormir, el menor aprenderá que ese comportamiento es “normal”. Modelar un uso consciente, usando el teléfono como herramienta y no como relleno de cualquier pausa, suele tener más impacto que cualquier lista de normas. Al final, integrar un móvil en la vida de un hijo es un proceso gradual; cuanto más se parezca a una formación por etapas, menos se parecerá a soltarles en Internet con una cuenta atrás.

